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martes, 5 de noviembre de 2019

El Inmenso Silencio


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EL INMENSO SILENCIO

A mi buen padre

Regresaba de estar con mi padre en sus últimos momentos. Me había esperado, no sé cuánto tiempo, tal vez días, semanas, meses, pero lo hizo. Al parecer fue un gran esfuerzo de su parte, o gracias a un intercambio de favores entre esas dos abstracciones contrincantes que son la vida y la muerte. 
Quería despedirse antes de emprender la partida, quizás eso fue un buen argumento que le puso la vida a la muerte ante su obstinada urgencia por llevárselo. 
Ida y vuelta, siempre junto a un guardia algo torpe, con las cuencas de los ojos demasiado hundidas, ojos de anciano enfermo, de un tipo que con seguridad no rebasa los treinta.
La ida a la ciudad fue en uno de esos cacharros Antonov 24 cuyos motores parecen a punto de caer al vacío, de regreso, en un tren lento, chirriante, repleto de gente que suda, caga, orina por todos los rincones inimaginables, porque la mayoría de los baños están clausurados. 
Pasajeros que escarban constantemente sus bolsas para ver si todavía les queda algo de comida. Aunque estoy vestido de civil, la gente sabe que voy escoltado, y siento que todo el tiempo me miran de reojo, algunos, con cierta compasión solidaría, otros, con desconfianza y temor.
Tengo que reconocer que hubo también de parte de la jefatura cierta condescendencia para que saliera con ropa de civil, sin esposas y con una bola de billetes de mis últimos 6 meses de trabajo, lo suficiente para pagar los honorarios del sepelio. Me permitieron que estuviera con él en el hospital hasta que saliera de este mundo. Ni velorio, ni entierro, fue la advertencia y el acuerdo. 
Los del sistema, lo calcularon a la perfección, como si en conjunto con la vida y la muerte se hubieran puesto de acuerdo. Llegué sin retraso.
Eran como las 10 de la noche. En la entrada del hospital una recepcionista soñolienta nos informó que se encontraba en el pabellón Pepito Télles. No proporciono indicaciones de número de cuarto, ni que medico lo atendía, ni en qué condiciones dentro del estado de gravedad se encontraba.
El pabellón era espacioso, relativamente limpio, demasiado en penumbra, porque muchas de las lámparas en el techo tenían sus tubos de luz fría fundidos, y los que todavía alumbraban parpadeaban como si advirtieran que en cualquier momento todo aquel espacio iba estar en total oscuridad.
Aquel guardia fue solidario. No nos quedó más remedio que ir de cuarto en cuarto preguntándole a los acompañantes de los allí ingresados por mi padre. El guardia por un ala de la sala y yo por la otra. Pero esa tarea no resultó, nadie lo conocía y menos sabían si lo habían trasladado.
Finalmente llegamos a la conclusión de que no quedaba otra opción 
que volver a la entrada y preguntarle a la recepcionista soñolienta
acerca de su paradero. 
A la salida, nos tropezamos con un sujeto que llevaba puesto una bata de medico o de enfermero, que al vernos abrió los brazos como si nos estuviera dando la bienvenida. Tenía cara de caballo.
-Al fin llegaste. - Me dijo cuando lo tuve frente a mí.
- ¿Me conoce?
- ¿Eres el hijo de Fermín? Siempre me habla de ti, te espera.
 - ¿Dónde está?
-Detrás de este pabellón hay otro más pequeño para pacientes en fase terminal.
- ¿Usted es su medico?
-No
- ¿Enfermero?
-Tampoco.
Quedó en silencio, miró al guardia como si buscara su aprobación, luego con cierta complicidad, susurró:
-Me dedico a cuidar a personas a punto de encontrarse con Dios. 
Escuché al guardia soltar una carcajada, pero el individuo no le hizo caso. Nos acompañó hasta la entrada del referido edificio, y se evaporó sin darme tiempo de darle las gracias.
-Que tipo más feo ese -comentó el guardia-. Mete miedo, es como un fantasma.
Entramos al pabellón que nos había indicado. Adentro, tres enfermeras, dos mulatitas casi adolecentes, y una blanca gordísima, todas sentadas en unos sillones frente a la tele donde al parecer trasmitían una comedia. Al ver una escena que les parecía graciosa, las enfermeras reían y hacían comentarios.
Me dirigí a la que suponía era la jefa. La blanca, regordeta, media canosa, de unos cincuenta años, cuyo uniforme empercudido olía a éter. Usaba unas zapatillas azules de peluche.
-Compañera cuál es la habitación del paciente Fermín Valdes Barroso.
Pero la mujer no me respondió, seguía con la vista en el televisor. Volví a preguntarle. Y lo mismo. Detrás de mi, el guardia le grito:
-Oye, déjate de comer tanta mierda y atiende a este hombre.
Las enfermeras nos miraron entre perplejas y aterrorizadas. Observé que a la regordeta le temblaron los labios. Quiso levantarse del sillón, pero no pudo, era mucho el peso de su culo. Un culo desbordante y que comprimía el asiento.
Me miró primero de arriba abajo con menosprecio, luego se dirigió al guardia.
- Ay, disculpa, no lo oí. ¿Ha quién busca?
-A mi padre, le dije, se llama Fermín Valdés.
-Ah, el viejito ese, está en el segundo cuarto a la derecha.
-Dale, ve a verlo, - yo me quedo aquí viendo la tele.
Alcancé oír a la regordeta decirle a una de sus compañeras que trajera un asiento para 
el guardia.
La habitación se encontraba en penumbra, olía a carne pútrida. En una cama de metal yacía  con los brazos extendidos. Pensé que estuviera acompañado por su hermana, o una de sus sobrinas, pero se encontraba solo.
Al escucharme entrar, levantó con mucho esfuerzo la cabeza.
- ¿De qué ríen esas mujeres? Dile que se callen. Uno tiene que irse tranquilo, sin tanta bulla. ¿Sabes a qué hora exacta es mi partida?
-No lo sé papá, nadie sabe cuando hay que irse. 
 No sé cuanto tiempo estuvo en silencio. Observé paralizado como unas diminutas cucarachas que nunca he llegado a saber por qué la gente la nombran alemanas, caminaban sobre la sábana que lo cubría.
- ¿Donde has estado metido? Tú como siempre dando vueltas por ahí… Balbució.
No le respondí. Presentía que esperaba una señal. Luego miró al techo como si hubiera descubierto algo grande. Abrió su boca y finalmente entrecerró los párpados. Eso fue todo. Salí rápido de aquel cuarto. Sentí humedad entre mis piernas, me había orinado. El guardia al verme me preguntó:
- ¿Ya?
-Si, ya se fue.
Las enfermeras divertidas con la comedia continuaban con su risa.
Rechace mirarlas.
Luego de cumplir con todos los trámites burocráticos relacionado con el fallecimiento. Apareció primero mi prima, que llevaba un bolso de donde extrajo un trajecito azul Prusia que mi progenitor usaba en ocasiones importantes, una camisa blanca de nylon y una corbata de rombos. Luego en busca de mi aprobación, me mostró un manojo de medallas que los del gobierno le habían otorgado por ser trabajador vanguardia nacional de la industria azucarera. Me preguntó si la podía ayudar a vestirlo y ponerle las condecoraciones y le dije que no. Me preguntó si me permitían estar al menos una hora en el velorio. Y le dije que era imposible. 
Luego, llegó mi tía, que se abalanzó hacia mi sollozando. Olía a pomada china, y empezó ametrallarme con acusaciones y culpabilidades. “Ay hermano mío, que mal hijo has tenido” “que cabeza loca”, “que irresponsable” “que desapegado”, “un aventurero”, “un arrogante con esos libros de mierda que dicen que escribe”.  Se calló abruptamente cuando le entregué el sobre con el dinero que traía.      
Al regreso, mi escolta me cedió la parte del asiento que daba a la ventanilla del coche del tren, no sin antes advertirme: Hueles a meado. 
Gracias a su amabilidad pude contemplar el paisaje. Avanzaba la media noche.
Se trataba de una planicie corroída por la intensa sequia, por vientos de los huracanes que cada temporada con mayor o menor intensidad la azotaban y por la enloquecida desidia y devastación humana. En ella habitaba un Inmenso silencio. 
Al sur estaban las ciénagas y el revuelto mar de sargazos con un manto de plásticos y desechos. Al norte, la capital de los antiguos ganaderos y hacendados que fueron propietarios de extensas plantaciones de caña.
- ¿Quién puede enfrentarse a un Inmenso silencio como este? Le pregunté al guardia.
- ¿Qué es eso de Inmenso silencio? No entiendo de qué me está hablando.
-Es una sensación de pavor frente a la vastedad de lo que desconocemos; es difícil explicarlo. Es como cuando uno presiente que va ocurrir algo que no alcanzamos a saber si será para bien o para mal. Para ser más exacto, es un sentimiento de total indefensión, como si fueras un insecto a punto de ser aplastado, como si a un astronauta en una de las caminatas espaciales se le corta el cable que lo ata a la nave y comprende que quedará suspendido en el infinito hasta que finalmente se desintegre...
-Lo que usted dice es como sentir mucho miedo ¿verdad?
-Más o menos, hijo…
-No me diga hijo, 771, me llamo Gerardo, yo no tengo padre, nunca lo tuve y nunca lo tendré, además, no se imagine porque parezco buena gente, lo soy.
-Lo de hijo fue un decir, no quise ofenderte.
-Bueno dejemos eso, sabe, yo he sentido ese inmenso silencio que usted dice, creo que desde que nací he tenido miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad se me aparecían unos animales alados que me atormentaban.
- ¿Animales alados?
-Sí, unas figuras mitad pájaros, mitad perros, de color dorado muy intenso, que revoloteaban en la noche cuando me disponía a dormir. Esas figuras se acercaban tanto, que me hacían saltar y correr despavorido hacia la cama de mi madre en busca de protección.
Creo que desde que tengo uso de razón he luchado un montón de veces contra esas cosas. Y siempre frente a ellas he sentido un miedo tremendo. Quizás por eso cuando cumplí la edad militar me metí a guardia, quería demostrar ante mí mismo que podía ser valiente, que no les temería a esas apariciones.  Aspiré a ser miembro de Tropas Especiales, de esos que siempre están al borde del peligro, pero los de esa Jefatura no me aceptaron. Llené planillas para ingresar en el cuerpo de Guarda Fronteras, pero tampoco, por último, logré que me enrolaran en prisiones, lo peor, nada heroico, un trabajo totalmente desprovisto de situaciones extremas, mierdero, rodeado todo el tiempo de la peor calaña de la sociedad, y en las prisiones fue cuando me compliqué…
Quedó callado, me miró asombrado y se dio un manotazo en la frente y exclamó:
-Ah! ¿pero por qué coño le estoy diciendo estas cosas?
No me atreví a preguntarle cual fue la complicación que tuvo.
-No te preocupes Gerardo, es una conversación para que pase rápido el tiempo mientras viajamos, posiblemente cuando lleguemos no nos volvamos a ver y por mi parte, lo que me has dicho sobre esas cosas que te han atormentado, no se lo comentare a nadie.
Observé que se tranquilizó. Comprendí la razón por la cual me había cedido el asiento que daba a la ventanilla. Aquel infeliz no soportaba la oscuridad que reinaba en aquella planicie y posiblemente ninguna otra. Únicamente los disfuncionales, los que han sido sometidos a situaciones extremas y se han vuelto unos perturbados crónicos pueden estar atrapados permanentemente a un Inmenso silencio y saben realmente su significado. ¿Acaso este guardia no sería un perturbado? Me fijé que a cada rato se comía las uñas. 
Con la intención de que no se imaginara que estaba por encima de él, le dije:
- Gerardo. la lucha tuya con esas apariciones nunca podrá compararse con las mías. 
- ¿Se está burlando de mi?
-De ningún modo, pareces una persona digna de respeto.
- ¿De respeto? - me miró sorprendido y agregó: -No me haga reír. 
-Escucha, déjeme explicarte. La primera ocasión que sentí en toda su magnitud el Inmenso silencio o el terror como dices, fue en la Sierra Madre, allá en México, a unos 15 kilómetros de un poblado nombrado Jesús, María y José.
Me escudriñó sorprendido
- ¿Usted estuvo en México?
-Hace años. Fui invitado por una Universidad a impartir un curso de literatura.
-¡Vaya, entonces eres uno de esos que sabe mucho, un profesor...
Hizo una mueca de desagrado y se metió las puntas de los dedos en la boca y volvió a podarse las uñas.
-No sé mucho, si supiera lo suficiente y en especial sobre como conducirme en la vida no estuviera ahora donde estoy...
Interrumpió su obsesiva tarea con las uñas.
-Usted debe ser uno de esos que habrá leído mucho, ¿verdad? ¿y quiere que le diga lo que pienso sobre ese tipo de gente? ¿No se va a molestar? A mí los que son muy letrados me caen como si me dieran una patada en el culo. He comprobado que entre más culto y educado es el hombre, más hijo de puta suele llegar a ser. Pero cuenta 771, ¿ qué le pasó allá en 
esa sierra?
-Conviví con una arqueóloga, era hermosa, inteligente y con una personalidad muy fuerte, muy independiente. Luego se puso un poco gorda y algo descuidada. Le gustaba el alcohol, tanto, que se podía beber de un tirón una botella de tequila como si fuera un soldado de la tropa de Pancho Villa.
Ella se movía en las esferas del poder, era amiga del gobernador del estado, había sido amante del secretario del gobernador, también amante y posiblemente confidente del jefe de la policía judicial, en fin, aquella mujer era un personaje por toda aquella región. Y por fatalidad me enamoré de ella.
Nuestra relación empezó apasionada, en un momento creí encontrar con ella, la estabilidad emocional que tanto anhelaba, pero uno descubre el lado siniestro de una persona cuando ya es demasiado tarde. A veces no suelo escuchar. Algunos amigos que la conocían advirtieron que solo valía la pena tener unas cuantas noches de placer y jamás algo serio y que arriesgara sentimientos. No les hice caso.
Efectivamente en unos meses, entre nosotros todo empezó a deteriorarse. Una noche, después de decirme que como hombre no valía, me dejó sentado sobre una piedra volcánica en medio del paraje más inhóspito que he conocido en mi vida. Aprovechó un descuido y se largó en su Jeep. Yo me resistía a que me hubiera entregado a esa horrible penumbra en medio de una tierra extraña. No podía creer que pudiera cometer semejante salvajada. Pero lo hizo. Lloré por ella, por la quiebra de mi familia, y por lo que acontecía en toda 
mi vida.
La otra experiencia ocurrió en mi casa. Unos tipos cada media hora me amenazaban de muerte por teléfono. Estaba seguro que era una de las diversas técnicas para amedrentar a un opositor. Un jodido y siniestro método que duró desde noviembre del 88 hasta principio de enero del 89. El Inmenso silencio consistía en no saber quiénes eran los que sistemáticamente me amenazaban. Me preguntaba cómo eran sus rostros, qué sentían cuando realizaban aquel hostigamiento. Entre las personas que integraban aquel equipo, había una mujer, la voz de una mujer que se decía llamar Loreta. No hay peor tormento que escuchar la voz punzante, soez, de gente que te llama por teléfono y te atribuye hechos que nunca has cometido y te amenazan con matarte si sales a la calle. Efectuaron un cerco. El cerco alemán, la copia tropical de los agentes de la Stasi. Y tanto dieron aquella gente, que claudiqué. 
- ¿Qué es eso de Stasi y cerco alemán? 
No le respondí.  El desconcierto reflejado en su rostro aumentaba.
-Un oficial de la seguridad que me pastoreaba por aquellos días, -proseguí - me aseguró que la revolución no practicaba ese tipo de métodos. Que aquellas supuestas llamadas eran infundios creados por mí para desacreditar al gobierno. 
- ¿Y a ti te atendía un agente de la seguridad? 
El guardia me miró con recelo y agregó:  
-Todo eso que me cuenta 777 es muy raro. ¿Usted no estará loco?
- Tal vez...
Quedamos largo rato en silencio hasta que el tren se detuvo. Un empleado ferroviario anunciaba con voz de barítono: “Parada en Cienaguita, los que se quedan en Cienaguita está es la parada. Tres minutos para estirar las piernas, sólo tres, ni uno más, ni uno menos. Los que se demoren y se les va el tren, que luego no se quejen…  
Bajamos y nos paramos en la plataforma de una estación con una tórrida humedad que brotaba del vientre arcilloso del suelo. Prevalecía una ocre luz. Pronto amanecería. Los pasajeros agitados, sudorosos, salían con sus bultos a toda prisa de los vagones, otros, igualmente agitados, sudorosos y cargando sus respectivos matules, esperaban abordar 
el tren. 
Entre la gente que se arremolinaba por aquella terminal, sobresalía una mujer alta, extremadamente flaca, que sostenía sus manos una soga atada al cuello de un perro, igualmente flaco, color almendra. El animal ladraba desesperado y la mujer le gritaba. “Cállate so maricon, cállate, me tienes loca, loca” La mujer me recordó a una de las figuras femeninas que pintaba el maestro Fidelio, pero sin las estolas andaluzas que cubrían sus cabezas. La mujer alaba al perro hacia ella y lo pateaba con unas chancletas de palo que calzaba en sus mugrientos pies. Noté que mi custodio se divertía al contemplar aquella brutal escena.  
“Ya la he visto otras veces”. Me advirtió. “Esa hija de puta es una quemada que monta espectáculos para llamar la atención. Una ves se encueró en pelotas y se la llevaron. No sé por qué no la acaban de encerrar definitivamente.”
Entramos de nuevo al vagón. Mi custodio guardó su dentadura postiza en el bolsillo de su camisa. Posiblemente quería dormir un rato sin temor a que se le desprendiera de las encías. El tren volvió a sacudirse y emprendió la marcha. En la próxima parada llegaría finalmente a mi destino. Sentí cierto alivio, como quien retorna a su hogar luego de una larga y fatigosa travesía.

















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