A mis hijos, Giddelis y Ramses


Ramas que nacen del mismo tronco. 
Árbol sembrado para que en el porvenir 
no se transformará en carnicero del alma.

En la lejanía los vi crecer, 
y detrás de las cercas en un soplo se van los años.

Los mensajes llegaban tardíos en aquel territorio 
donde alabanzas y maldiciones se gritan en otra lengua.

Una sonrisa nunca será plena dentro de un sobre sellado.

Poco faltó para perderlos en aquella huida.
La libertad tuvo más fuerza que permanecer amándolos.
Y no les pude cumplir la promesa de cambiar el mundo.
Hubo tantas patrias, que al final ninguna fue verdadera.
Afortunados ustedes que nunca donaron sus manos 
para construir la tribuna que se debía reverenciar.

Al menos preservaron el canto al que lleva a cuesta un planeta roto.

Bendecidos en esta concurrencia
que el capricho del Eterno ha propiciado.
Dichosa la grandeza de quienes abren sus brazos 
al que retorna con destellos que sin darse cuenta se van apagando.








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