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martes, 1 de enero de 2019





Al narrador colombiano Armando Caicedo

En esas noches amargas,
confundo las voces de los amigos que ya no están
con el aullido de los perros.
Presiento la cercanía del cuervo
que calará con el pico los soportes de mi cama.
Uno intenta quedar sereno
ante desfiguraciones que emanan de la soledad.
Pero de pronto aparece una casa a punto del desplome.
Sentado sobre el techo, un niño le demanda al cielo
que su madre renuncie buscar refugio en la despensa,
Ella no ha salido a ver las estrellas,
no sabe del pájaro blanco que puntual se posa en el horizonte .

El niño exige con vehemencia
que al padre le sea devuelto el ojo y la mano. 
Ojo para verlo de cerca y mano que le aplaque el espanto.
Siempre con la vista fija en las alturas,
las piernas balanceándose en el borde de la cornisa,
el niño exige recobrar la carta del hermano caído en combate

¿Que habrá escrito bajo el humo de los obuses?  
¿Cuál mensaje no logró trasmitir a los que aguardaban su llegada?

El niño no quiere ser la estatua en la glorieta de un parque,
y menos morir con una carta apretada al pecho que nadie leerá.
Le basta jugar con la esfera que rueda invencible por los campos,
le basta descubrir los tesoros que en la  cañada yacen enterrados .

En esas noches amargas
la imagen del niño,  en sombrías visiones atrapado,
puede que me anime a descubrir
-->
que la hermandad  se adquiere en la lágrima del otro.


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