No olvidemos a nuestros Poetas








Un Poeta de la Reconciliación.




RFH 22 de junio de 1946-21 junio 2017




Su muerte en el lodazal de la desidia colectiva. 

(Fragmento publicado en la revista Carta Laical por Jorge Domingo Cuadriello)


Rogelio Fabio Hurtado falleció en horas de la madrugada. Por decisión de los parientes de su esposa, fue sepultado ese mismo día a las 4 de la tarde, no en el panteón familiar donde yacen los restos de sus padres, sino en una bóveda colectiva. La mayor parte de sus amigos nos enteramos de su deceso cuando ya su cadáver comenzaba a ser polvo en tierra cubana.

Al día siguiente, sin pérdida de tiempo y movidos por intereses muy pragmáticos, esos mismos parientes comenzaron a deshacerse de todo lo que existía en el modesto apartamento de la avenida 51, en Marianao, que consideraron inservible o no aprovechable. Dentro de esta categoría cayeron los numerosos libros, revistas, manuscritos, cartas y fotografías que conservaba el poeta. Todo este cargamento, más su vieja máquina de escribir, fue lanzado a los contenedores de basura y a los canteros de la avenida 53, en un acto que constituye todo un crimen. Muy pronto un enjambre de «buzos» cayó sobre aquella montaña de papeles para apoderarse de todo lo que consideraran útil.

A la mañana siguiente el poeta Rito Ramón Aroche, quien reside cerca de ese lugar y conoció a Rogelio Fabio Hurtado, se enteró por los vecinos de lo ocurrido y acudió al sitio indicado; pero la noche anterior había llovido y solo quedaban dispersos en el lodazal dos o tres decenas de libros maltrechos, entre ellos la voluminosa agenda de gruesas tapas verdes. Afortunadamente la recogió y después de haberla ojeado decidió entregársela al también poeta Ramón Bermúdez, quien además de vecino de Rogelio Fabio Hurtado fue su amigo en los últimos años y visita frecuente a su apartamento. Este depositario ojeó igualmente con interés la agenda, pero sabiendo que quien suscribe había sostenido durante muchos años una estrecha amistad con el autor ya desaparecido, tuvo la gentileza de ponerla en nuestras manos.
Esta agenda italiana comprende desde septiembre de 1997 hasta diciembre de 1998 y en sus páginas marcadas por las fechas de cada día Rogelio Fabio fue escribiendo, sin orden cronológico alguno, de forma aleatoria, comentarios personales, citas de autores célebres, proyectos de artículos, datos históricos, sus recuerdos sobre Reynaldo Arenas o Heberto Padilla, direcciones y teléfonos de distintas personas, respuestas de artistas a los que entrevistó y hasta un recuento de la visita que le hizo al ex-comandante Eloy Gutiérrez Menoyo cuando este decidió establecerse en Cuba. 
En las hojas que abarcan desde el «giovedi 2 aprile» al «domenica 12 aprile» recogió su reencuentro con Cardenal en el año 2000. Por la calidad del texto, por la relevancia del poeta nicaragüense, por los asuntos colaterales que aborda y el sentimiento humano que transmite, hemos decidido incluir el presente texto, bajo el título «Mi reencuentro con Ernesto Cardenal», en nuestra sección Páginas Rescatadas. En esta ocasión nunca mejor llamadas Páginas Rescatadas. Porque fueron rescatadas del salvajismo, la incultura, la barbarie. Fueron rescatadas de la destrucción y, literalmente, de un fanguero. Son páginas que, a nuestro entender, deben perdurar. 




Un poema al amigo Fabio



RFH en su primer viaje a Estados Unidos de América 1995




Humilde Poeta
¿ dónde estarás?  
En qué pasto en las afueras 
hallaras las orquídeas que luego se volverán versos.

Lo efímero puede que sea la vida misma. 
Lo que permanece yace en la memoria,
aunque el olvido aceche y haga sus trampas.

Se hila en la oscuridad en ocasiones sin saberlo.
La muerte siempre nos acompañó 
y no nos dimos cuenta.

Hubo una mañana de abrazador verano 
que caminamos por las calles 
cuando todavía estaban limpias.
Hubo el atardecer en la plaza 
colmada de muchedumbres 
que vociferaban los himnos del exterminio  
y por donde salíamos a toda prisa 
para que el rencor no nos tocara.

Mucho después, 
cuando los que nos pastoreaban 
empezaron a envejecer, 
tomamos asiento en un banquillo de piedra 
a contemplar Alcatraz 
envuelta por una bruma que siempre  
la vuelve sórdida y sin esperanzas.
Pensamos en los reclusos 
que escaparon de aquella prisión, 
y coincidimos que cualquier isla, incluyendo la nuestra, 
es casi imposible dejarla de olvidar.





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